DENIA, SUBIDA AL MONTGÓ
Circular de todo el día - 16km - Dificultad media/alta (muy vertical)

20 de Octubre 2013


 

CRÓNICA



Comenzaré con un pareado que dice así: dos días después aún me duelen piernas y pies. Vaya mi lamento a quién corresponda: organización, montaña abrupta, años acumulados, mochila excesivamente cargada... ¡Pero volveré!, otro día de otro mes de otro año, volveré.

La historia que nos atañe comenzó con un retraso nada habitual en el lugar acordado para la salida. «Los de siempre» llegaron tan sólo dos minutos pasadas las siete de la mañana, ¡todo un logro! pero, ¿quién lo hizo trece después y no hubo otra que esperar?, sí; el conductor... Subsanó su retraso con la certera llegada a los pies del Montgó, más cerca no se pudo llegar. Fue entonces nuestro turno, el de las botas, bastones y demás artilugios ansiosos por el remonte.

Alzas la cabeza y cuesta llegar con la vista al cielo. Entre tu mirar y el infinito azul se interpone una mole de considerable prestancia y proximidad. Si quieres conservar sana tu nuca no tienes otra que agachar cabeza y darle de comer a tus botas subiendo paso a paso. Pronto el Montgó se encabrita, o eres tú quien lo haces; pues es lo que corresponde a tanta verticalidad. Suma añadida de dificultad, al menos ese día lo fue, una humedad que abre en ti hasta el último de los poros y transpiras todo lo humanamente traspirable, más, como es lógico, sería inhumano.

Después de estar ascendiendo sin compasión durante hora y media, llegar a la Cruz del Montgó y no ver más que nubes a tus pies, también es inhumano si lo que esperabas era ver hasta la mismísima Ibiza. Quien más quien menos ya era consciente de que aquella visibilidad en aquel día sería imposible, de todas maneras tuvo a bien aquella nube baja irse de allí y permitir, como consuelo, el visionado de una Denia infestada de chalets con su puerto de enlace con Baleares allá a lo lejos.

Dos machacantes kilómetros más y llegamos a la cima, allí: Fotos, algún suspiro de agotamiento, búsqueda de llaves extraviadas con final feliz, mosquitos y la decisión irrevocable de no comer en la cima; lo haríamos finalizada la bajada principal. Se dejaron ver desde aquella atalaya, Denia, Jávea, el cabo de San Antonio, el de la Nao y una tupida alfombra de chalets y piscinas sin solución de continuidad. Se intuyó el peñón de Ifach. Se imaginó la ansiada Ibiza.

«Senda peligrosa», así rezaba aquel cartel en la bajada del Montgó, allá que fuimos y nuestros pies lo confirmaron, y las rodillas, también los gestos, las caras. Sentarnos a comer sobre la dura roca, protegidos por la bruma de un vivo sol que hubiera sido nefasto, fue un alivio que significaba el final de lo abrupto, de las cortantes piedras sin fin y el comienzo, en la «sobremesa», de una serpenteante pista que nos llevaría al punto inicial de aquella peripecia apasionante.

Aún con todo, como dice la canción «valió la pena» y como dije al principio, otro día de otro mes de otro año !volveré!, ¿y tú?

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