PEÑAGOLOSA
Circular de todo el día - 12km - Dificultad media

4 de Octubre 2015


 

CRÓNICA



«Demasiado complicado para la gente con la que contamos», se ha dicho. «Rizamos el rizo al caminar por zonas demasiado técnicas para los que no lo son», se ha insinuado... Y quizá lleven razón. Ahora, como organizador arrepentido, diría aquello de «no volverá a ocurrir»... pero ni yo mismo me lo creo ¿quién prohíbe a la naturaleza que te sorprenda?, ¿quién pone cerco al ansia exploratoria? ¡La prudencia tal vez!... Como organizador que aspira a la prudencia —en ello estoy — diré, creyéndomelo, eso de «lo tendremos en cuenta» (deseándolo así a todo organizador). Desde luego no debe buscarse el riesgo por el riesgo, nunca lo hacemos, aunque éste forma parte inseparable del montañismo. De la buena información se puede hacer base, más aún de la formación, el día que estemos suficientemente creciditos y dispuestos como centro excursionista; pero la montaña es eso, montaña, que nadie busque aceras, glorietas y bulevares... otras cosas se viven allá, en aquel reino de lo vertical:

Y a mil ochocientos metros, nos dimos de bruces con un viento fresco que nos acurrucó en la cumbre, con una llovizna que nunca pasó de ahí, con una panorámica que de cobrarla valdría un potosí; nosotros pagamos con nuestro sudor y ello fue suficiente. A mil ochocientos metros se puede flaquear en el ascenso, ocurrió. También en un descenso poco clásico uno se puede arredrar, y dos también. Y así fue. Pero supimos capear con ello y unos y otros nos aunaríamos nuevamente a la hora de la comida, entre tanto: pedreras, voladizo, pendientes con mucho porcentaje, huellas abiertas a golpe de picoleta, cojines de monja no demasiado cómodos, alguna cabra a la fuga, resbalones continuados y controlados, traseros que fueron más posaderas que culos, admiración, inquietud, temor, superación, ilusión, goce... ¡Senderismo en estado puro!

Y volvió la calma a la hora de la comida, también la lógica reposición de fuerzas en clara correspondencia acción-reacción; hubo intercambio de experiencias, de licores y de «cerezas borrachas» —maceradas en aguardiente— que no dejaban indiferencia a su mordida... hasta que se nos hizo oscuro, que no de noche —por el nombre del barranco por el que transitamos, nada más—. Y con el descenso llegó la pista, el pino macho, los recolectores de níscalos —en tropel— y las charlas, cada uno de lo suyo y con los demás...

¡Senderismo en estado puro! Como puro el regocijo del refrigerio último en el ermitorio de San Juan de Peñagolosa... ¡Y tú no estabas allí!

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