ULLDECONA, SIERRA DEL MONTSIÀ
Circular de todo el día - 14km - Dificultad media

18 de Octubre 2015


 

CRÓNICA



No, definitivamente las nubes no son de algodón, tampoco en ellas viven los angelitos, y no se os ocurra pensar que cuando los pajarillos cantan las nubes se levantan, ni de coña; ¿llenas de datos?, para nada. Que no, que no, que no os engañen. Nosotros lo sabemos porque hemos estado allí, no por despistados —por aquello de estar en las nubes—, no; tampoco porque las fuéramos a buscar, y no penséis en ningún vuelo a bordo de algún artilugio volador, simplemente pasábamos por allí... ¿o fueron ellas las que se cruzaron en nuestro camino?...

...Pues pudiera ser, porque ya de buena mañana, previo al amanecer, las nubes bajas impidieron que con nuestros coches avanzáramos a voluntad. Tuvimos que encender, incluso antes descubrir dónde pulsar, el alumbrado antiniebla, tanto el delantero como el trasero, para poder superar tanta espesura. Lo conseguimos y llegamos a los pies de la sierra que pretendíamos ganar —Montsiá—. Cambiamos ruedas por botas y hacia lo alto nos fuimos.

Allá arriba, después de una considerable ganancia en metros y empapados en el sudor que la cálida mañana nos brindaba, junto con una humedad que rozaría la saturación, nos topamos con varios bancos. Allí los bancos no tenían cajeros automáticos, ni llevaban nombre de ciudad, tampoco cedían asiento alguno. Para nada, que no, que no, que no te cuenten: allí arriba, los bancos, como las nubes, ¡son de niebla! Nosotros lo sabemos porque de ella nos hartamos. Diferentes consistencias, blancos, grises; apariciones y desapariciones. Ahora te veo, ahora menos, ¡no te alejes chaval!, ¡cuidado con el «borde del barranco», que no soy yo, que es el de verdad!...

Y de repente, por un momento, se presentó, estaba allí cual aparición fantasmal para que nadie pusiera en duda su existencia ni la palabra de los organizadores. Al «carabelesco» grito de ¡Tierra a la vista! fue señalado por dedos y atrapado en retinas. Por fin el Ebro, su delta, se perfiló a nuestro mirar. Y no hubo más, tal como vino se fue, él a dormir bajo su sábana nublada, nosotros a buscar un mejor mirador hacia el final de la sierra. La «Foradada» fue ese balcón que nos permitió otro efímero y postrero guiño al delta. Allí comimos, allí esperamos y desesperamos, de allí nos fuimos prometiéndonos volver con mejor fortuna. ¡Santo cielo!

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