LOS ROSILDOS
Circular de medio día - 14km - Dificultad media

14 de Mayo 2017


 

CRÓNICA



Las hay con renombre: Gredos, Ronda, Morena. Las hay más «de ir por casa»: Espadán, Calderona, Irta. Y otras sin tanta prestancia, como la que nos convocó este pasado domingo 14 en los Rosildos, Plana Alta, Castellón. Allí estaba aquella «piedra grande» a la que habría que ascender para poder decir que, por primera vez, el Centro Excursionista de Burriana había hecho cumbre en la sierra Espaneguera, donde el pico toma su nombre, o viceversa. Nunca he sabido, en general, de una sierra, quién da el nombre a quién...

Muy cerquita de la rambla de La viuda, más cerquita aún de un San Cristóbal patrón de conductores, dejamos los coches para ponernos en marcha hacia la mentada rambla y más allá. Tan más allá que pronto quedó atrás en una ruta que transcurría, en su principio, entre labrados bancales de almendros y algún vetusto pinar desdibujado. También alguna higuera se intercalaba en la ascensión hasta el mas del coll Blanc; por lo demás, monte bajo, asfalto, pista cuasiperdida, grava y senda «de adivinar».

Esto cambió con la llegada al cuello Blanco —sin otra blancura que en lo nominal— donde tomamos las de Villadiego, si es que Villadiego estaba a 1085 metros dirección noreste, duda más que razonable habida cuenta de que los muchos pueblos que desde esa altitud se vieron ninguno era villa... ¿o tal vez sí?

El cresteo hasta el alto Espaneguera, esta vez la senda se dejaba ver mejor y con más sombras salvíficas, se hace exigente en el primer envite que, tomado con calma —unos sí, otros no; unos a la fuerza, otros sin ella— te acerca a la cumbre pasando de un lado a otro de la cresta repetidas veces. Y lo dicho; un montón de pueblos que se ven desde allí, unas minas y hasta un trenecito que acerca a los «turistas de interior» hasta ellas.

Todo lo que sube tiende a bajar si no escapa de la atmósfera, nosotros no fuimos excepción y comenzamos a bajar. Hubo quien se lo tomó tan a pecho que casi lo pierde por «exceso de celo». Descender por pedreras pronunciadas tiene su riesgo si se hace cual si fueras cabra; éstas juegan con la ventaja de sus cuatro patas. Con dos —piernas— los humanos estamos en desventaja, eso sí, sabemos dar volteretas en el aire, al menos, y en esta ocasión, dos; porque si hubiera habido una tercera, quizá también una cuarta y hasta una quinta de consecuencias, por decirlo de alguna manera, «poco halagüeñas».

Atrás dejamos el susto, un bucólico estanque que algún entusiasta tildó de lago, unas pedreras de impresión y un San Cristóbal que veló por la integridad de nuestros vehículos y viaje de vuelta. Atrás pues, otro gran día de senderismo compartido con los que se animaron a ello, aunque no todos entiendan bien aquello del senderismo en grupo...

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